Cada vez que un amigo o un pariente tiene un hijo asisto impertérrito al mismo espectáculo.
En la cama, cansada pero sonriente, está la madre; sentado a su lado el padre, tan contento como la madre (que es mucho contento) pero un poco incómodo, como si tratara de averiguar si el protagonismo pertenece más a la madre o al niño. Y aunque se le ve con el asunto muy interiorizado, por momentos aún reclama (breves instantes de rebeldía que se apagan enseguida) también un poquito de atención.
En medio, o a un lado, o en los brazos de alguien, una personita arrugada. Pequeña. Débil. Muy pequeña. Muy débil.
Y fea. Rematadamente fea.
Y parece que los presentes: la madre, el padre, la hermana, el tío, el amigo, el abuelo (ay, el abuelo), la enfermera, el cura, o esa mujer a la que hace tanto tiempo que nadie ve (ni se acuerdan de su nombre, se nota), parece que todos ellos crean que no es que sea feo, es que le han hecho un conjuro o un mal de ojos, algo como lo del príncipe y el sapo o así. Y por eso lo besan y lo rebesan y dicen a todos qué guapo es, se parece al padre o a la madre (lo guapos que son el padre o la madre ya da para otro post), y luego otra vez qué guapo es, guapíiiisimo, y a los 10 segundos vuelven a insistir, qué cosita más guapa, la repera, es lo más guapo que he visto en mi vida.
Y como el conjuro no cesa, porque el niño sigue siendo feo, basta tener ojos para darse cuenta, pasan a la siguiente fase del ritual, que es decírselo directamente al niño. Uno lo coge en brazos y tres o cuatro invaden sin contemplaciones su espacio vital y lo miran muy de cerca, tan de cerca como sea posible, y le dicen qué guapo eres, eres guapíííiiiisimo, ya te veo haciendo estragos de mayor, qué cosa más linda (siempre hay alguna nota de color), eres un encanto, qué guapo guapo guapo pero guapo, ¡guapo! Y le tocan y le besan, y le sacan la lengua y le peinan (aunque no tenga pelo, da lo mismo, igual lo peinan), y luego vuelven otra vez a lo de la guapura mezclado con algunos aiiiis y oooooooh porque el niño ha movido un brazo o ha cerrado un ojo o alguna otra cosa realmente básica.
Y así pasamos un rato (bastante rato), dándonos turnos en el conjuro. Y luego nos despedimos y nos vamos.
Y digo yo que el ritual está probado y reprobado, porque todos nos vamos felices y contentos, y los padres se quedan felices y contentos, y el niño, por fin, descansa feliz y contento.
Y aunque ya me lo espere (que somos tropecientos de familia, y uno aprende con la repetición), cuando vuelvo a verlos, al cabo de unas semanas o unos meses, el tiempo que sea (depende del grado real de parentesco, de la lejanía de los habitáculos y demás) aún me sorprendo de que la cosa haya funcionado.
Pero no hay duda, no hay más que mirar al niño: demonios, ¡qué guapo es!


