
Recuerdo que caer enfermo, cuando era niño, era una experiencia importante, llena de contrastes. Encontrarse mal pero saltarse el cole, por ejemplo: puro contraste.
Mamá ese día me cuidaba muchísimo, me acariciaba, me removía el pelo con la mano y siempre, siempre, me compraba un cómic.
Bajaba al kiosco más cercano (eran tiempos de kioscos en cada esquina) y me traía uno. Siempre.
Y siempre era malo. Como si mi madre tuviera el don de elegir entre una pila de una treintena de comics (eran tiempos de decenas de comics en los kioscos) el peor de todos ellos. Sin quererlo, sin saberlo, pero el peor.
Como caer enfermo era tiempo de contrastes, pues yo me alegraba igual y me lo leía igual (y me lo releía, qué demonios) y lo guardaba igual. Pero pasados los años y las enfermedades atesoraba un buen puñado de comics malísimos en mi habitación.
Eran otros tiempos, así que crecí y los tiré (con el éxito que hubieran tenido en Internet!) y, quizá por sublimar esas experiencias (eso lo pienso ahora) en estos momentos poseo una colección ingente de comics. Y, con perdón, la mayoría de ellos buenísimos.
El caso es que haber descubierto los buenos comics (y el buen cine de animación) de mayor te da otra perspectiva sobre el asunto. No lo ves como un camino, como un paso previo a otra cosa; aquello que decían muchos de “donde hoy hay un tebeo mañana habrá un libro”. Como si leyeras Asterix para poder leer algún día a Proust. Como si vieras El libro de la selva para poder ver algún día El séptimo sello.
No. Lo ves como un fin en sí mismo. Leer Mafalda, o ver Mi vecino Totoro puede ser una experiencia imborrable a cualquier edad.
Así que bueno, poco a poco voy a usar este blog para ir recomendando comics o películas de animación que son para niños, sí, pero que pueden (y deben) disfrutarse también de adultos. Para que los padres podáis verlos y leerlos con vuestros hijos, y conseguir, quién sabe, acercar vuestra mirada a la del niño que está a vuestro lado, o redescubrir el niño que lleváis dentro.
Intentaré también clasificarlos por edades (edades mínimas, máximas no existen), y que haya para los que ya saben leer bien pero también para los que son tan pequeños que sus padres tienen que leérselos.
¡Así entre todos conseguiremos que los niños lean buenos comics cuando estén enfermos!


