la sonrisa permanente

9 febrero, 2010 | Marc

Hay veces en que uno ve una película y pasa el rato. En otras pierde el tiempo. En algunas pocas llora mucho o se ríe mucho o sufre mucho (y luego se alivia mucho). Y luego están esas películas que uno no olvida.

En este último grupo están todas (todas) las de un director japonés que ronda ya los ochenta años y hace cine de animación. Sí, sí. De esos de dibujitos que se mueven. De esas películas para niños.

Miyazaki. Se llama Hayao Miyazaki. Y es capaz de mezclar un universo de una imaginación desbordante con una forma de contar tan sencilla como verdadera.

Recuerdo cuando hace años vi por primera vez una película suya, y la sensación que tuve fue la de ser un hombre pegado a una sonrisa. La de sentir las emociones más simples con una intensidad tal que por momentos me desbordaba; que no es que me hiciera reir o me pusiera contento (también en algunos momentos triste, sí, pero con esa tristeza que uno también se alegra de sentir, no sé si me entendéis), no, lo que pasaba es que simplemente me hacía feliz.

Esta sensación la he repetido posteriormente en cada una de sus películas, pero en pocas la he vuelto a sentir con tanta fuerza como con “mi vecino Totoro“.

Quizá porque es la más simple de sus películas, la de argumento más fàcil, la que vale para niños de cualquier edad: apenas un par de niñas que van a vivir a una vieja casa en el campo -que dicen que está encantada-, junto a su padre. Apenas un par de niñas que tienen a la madre enferma en un hospital cercano. Apenas un par de niñas que ríen y lloran y sueñan y juegan y se enfadan y descubren (sobre todo descubren) entre otras muchas cosas que no todo es como ellas quieren que sea, pero que todo puede ser si ellas realmente lo quieren.

Hace unos meses la estrenaron en unos poquitos cines españoles (aunque la película sea del 88) y recientemente ha aparecido por fin en dvd, dando una oportunidad única para volver a verla aquellos que ya sabemos lo que es tener una sonrisa pegada a la cara, y de que la descubran los que no la conocen, y por supuesto la compartan con sus hijos.

La película está llena de escenas memorables, pero hoy, al volver a verla, me ha llamado mucho la atención una que no recordaba: cuando, tras una noche con Totoro (una mezcla de fantasma y monstruo y genio, todo a la vez, que en lugar de miedo da unas enormísimas ganas de abrazarlo), las dos hermanas se levantan por la mañana y ven que unas semillas que habían plantado unos días atrás han empezado a brotar, lo que les da una alegría mayúscula y hace que una de ellas empiece a gritar repetidamente

- ¡ fue un sueño!

mientras la otra grita repetidamente

-¡pero no fue un sueño!

Y es que así son las películas de Miyazaki (quién sabe si la vida).
Son un sueño.
Pero no son un sueño.

Deja tu comentario